jueves, 03 de noviembre de 2005

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

fotos.miarroba.com
Descargamaría, calle Real, doce de la noche, agosto de 1983.Solo la chiquillería jugamos al “bote”, algunos vecinos sentados en los poyos pasan la noche al fresco. Entre piedras y cagarrutas hay algún que otro traspiés, es mi oportunidad, salgo corriendo con todas mis fuerzas y ¡¡zas!! intento lanzar el bote lo mas lejos posible, pero me freno, viene un coche, lento, despacio, el Renault cuatro del tío Narciso.
Los más pequeños se han ido a dormir, quedamos los de siempre; -¿qué hacemos?, ¿dónde vamos?, hay que hacer algo-; -mejor le tocamos el timbre a la tía Irene, no, vamos a la Serrería, o al Cementerio, no, no, yo sé de un huerto de fresas,...-
Al final, nos sentamos en el poyo de tío Pablo a contar historias de miedo sobre profecías maléficas y vampiros chupadores.
Suenan las tres en el campanario del Ayuntamiento, el pueblo duerme en silencio, se oye a lo lejos una música tenue, los Boney M; -los mayores aún aguantan en la terraza de La Vega-
Camino despacio hacia la casa de mi abuelo Constancio, el portón está cerrado, empujo la puerta que chirría como si la mataran y cierro con la llave que cuelga tras la puerta, comienzo a subir a oscuras con un fósforo encendido, no quiero despertarlos.
Por los ventanales del salón de la antigua cantina, penetra una luz mortecina que se refleja en el viejo mármol de las mesas de la sala, cual cementerio casero de lápidas blancas, entre revistas y ese intenso olor a manzanas, cerezas y melón, brilla su máquina injertadora, cual mástil de dicho camposanto.
Siento el miedo en mis huesos, tengo que seguir subiendo a las alcobas del sobrao, las escaleras de madera crujen según subo. Entro en la habitación y enciendo una velita de la mesilla.
En lo que tardo en meterme en la cama, suena la media, el sonido de la campana penetra en la alcoba hasta sus últimos rincones, el eco del badajo rechina al final; parece que lo estrangulan, es un chirrido seco, frío y atroz.
Me tapo con las sábanas y la claraboya me inunda con su luz lunar; - no es normal, por ese hueco puede entrar, en cualquier momento salta y me degolla o me chupa la sangre-, me levanto rápidamente y tiro de la cuerda, una hoja de cartón a modo de trampilla, hace la oscuridad total.
Entre huertos de fresas llenos de fantasmas, las garras de la noche tratan de cojerme. Suenan las cuatro; se oyen unas risas en la plaza, una lechuza me asusta con su silbido áspero al pasar por la ventana de la antesala; -vienen a por mí-.
Las cinco; se oye a lo lejos el paso del coche de línea camino de Robledillo, su rugido es como un lobo, me quiere coger. La campana acaba de dar las seis; unos cascos de pezuña dura resuenan por la calle abajo, son los jinetes del alba.
Crujen las escaleras, como ataúdes que se abrieran en las entrañas de la tierra, me tapo más,... Miro hacia la puerta, un filo cortante emerge por el marco, su brillo y su palo de madera me acecha fijamente, es la guadaña de la muerte;- ya esta aquí, viene a por mí,... es el final-.


_¡¡Despierta!son las siete!hoy toca Las Madricás!!-
Es mi abuelo Constancio con su boina calada y su quitatallos. Salto de la cama.-Que alivio-, sonrío ingenuamente, fin de la pesadilla, toca ir a cortar tallos.
Todos los fantasmas desaparecen, todo vuelve a la realidad, un intenso olor a café y bufones recién hechos sube por las escaleras, pienso; - que historia me contará el abuelo hoy sobre la albarda del mulo, camino del olivar-.
Empieza a amanecer.


Autor: Alfonso García Delgado

Comentarios

Añadir un comentario