La fiebre del oro

Si usted les dice: "Ahí abajo, en el valle de Los Ángeles y del Árrago , hay oro", le miran escépticos y se encogen de hombros. Ni les va ni les viene. Están de vuelta de todos los optimismos momentáneos. Suceda lo que suceda, todos los días son iguales.
Y, sin embargo, el oro está ahí, yo lo he visto con mis propios ojos. La historia del oro no empieza ahora: tiene muchos siglos de edad. Estas cuevas aún no suficientemente exploradas dan testimonio de la fiebre aurífera que los romanos padecían. Aquí han dejado pruebas de sus empeños: ánforas, muelas. Y subsisten aún, tal como las abandonaron, las escombreras.
La mina de mayor extensión, la más explorada está en la cumbre del monte que separa las cuencas del Árrago y Los Ángeles, en términos de Descargamaría y Pinofranqueado. Pero hay otras muchas en la ladera. Subimos hasta ellas en mula, monte arriba. Con nosotros, uno de los fanáticamente convencidos de la potencial riqueza: Constancio Delgado. Él nos ha dicho en voz baja que sabe dónde radica el filón. Y que no piensa publicarlo. También nos acompañan los en otros tiempos obreros auríferos: Marcial, Hermenegildo- igualmente fanático en su fe- y Ángel. El alcalde, Dionisio García Garzón- un hombre joven que estudió en Salamanca- ha preferido quedarse en Descargamaría. Dionisio nos ha contado la historia más reciente de las minas y de los protagonistas: aquel ingeniero inglés llamado Richard, el propio Constancio Delgado, que denunció una de las cuevas el año 39, y Pedro Varona, el vasco conocido en el pueblo como “John Wayne”, que trabajó durante dieciséis años, con éxito al decir de los de aquí. Este último buscó en vano un socio capitalista. Porque tal es el "quid" del problema: el dinero. Hace falta invertir mucho dinero en maquinaria para que las minas resulten rentables.
Descendemos en la cueva con precaución. Vuelan, asustados, los murciélagos. Andamos a tientas por las galerías y encendemos una hoguera para ver y calentarnos. Entre tanto, los obreros arrancan trozos de cuarzo, que luego, a la salida, triturarán y lavarán en el río, hasta que el oro brille, ya separado de la mezcla. Y yo lo he visto brillar.
Como también lo han visto los de Montehermoso, que acampan a la vera del Árrago todos los veranos y sacan un buen jornal repitiendo una y otra vez esta operación que he presenciado, si bien ellos prefieren el cuarzo de las escombreras, desechado por los romanos. Y lo ha visto Varona, que algún día volverá por estas tierras, donde ha vivido tanto tiempo, víctima de la obsesión. Al regreso, mientras caminamos por montes de olivos (esta es, con el vino, la riqueza de Descargamaría), Constancio insiste en su profesión de fe: "lo único que hace falta es que el capital no tenga miedo, porque ninguna leyenda entre las muchas que la Historia registra, desde la de California hasta de Minas Geraes, puede encontrar aquí un reflejo. La aventura deberá convertirse en industria en estos lugares, si se quiere que el oro se toque de verdad con la mano".
Del análisis de los últimos tres lustros cabe deducir que Pedro Varona no piensa recrearse en la contemplación de su pasado de “buscador”, huérfano de toda clase de medios. Y que logrará al fin llamar la atención hacia este círculo de tierra, de no más de tres kilómetros de radio, al que debiera prestársela. De todos modos, hay que reconocer que no ha tenido demasiada fortuna en esta búsqueda, mucho más difícil que la tarea de dar con una pesada pepita, o con un buen filón. En Descargamaría, las gentes cambian significativas miradas entre sí cuando alguien recuerda la llegada, junto con Varona, de aquel cubano exiliado para el cual la explotación en serio era cosa de poco tiempo. Un buen día desapareció... y no ha vuelto nunca. Hermenegildo, Ángel y Marcial comentan a solas, cuando se habla de este episodio, no sé qué de salarios...
Este es el último capítulo oficial de la larga historia del oro. Un oro que acaso podría resolver el agudísimo problema económico, social y humano allí planteado. No habría que ver, pues, su explotación en términos de beneficio; por el contrario, habría que situarla en el plano de una posible promoción que abarcase a toda esta región desheredada. Como no tiene voz hay que hablar en su nombre y decir que sus gentes no aspiran a guardarse las pepitas en los bolsillos, sino a encontrar los medios adecuados para asegurarse un jornal seguro por muy duro que sea- y lo será- el trabajo que ello represente. ¿Tendrán suerte esta vez?
Revista Triunfo. Año XIX. 26 de Diciembre 1964
Por Eduardo G. Rico
