Reencuentro con el paisaje

Tras los incendios y de sus cenizas, pugnan por la tierra, los pinos, los alcornoques, las carquesas, las encinas, las madroñeras... luchan por cada palmo de terreno donde asentarse para sobrevivir. La naturaleza se desarrolla a su libre albedrío, espontánea y feraz. El hombre que en otro tiempo marcó su evolución mediante la explotación controlada de la misma, donde encontró el sustento de su existencia a través de la madera de sus pinos, la resina o el rastrojo del que se alimentaba el ganado, se vio abocado a abandonarla por otras tierras de asfalto donde el dinero se ganaba sin tanto sacrificio. Abandonada a su suerte por sus propietarios, renegando de ella después de haber sido la fuente de su sustento durante generaciones, ignorada por todos se ofreció cual mártir a los fuegos del circo de las calendas veraniegas.
En la pira de fuego ardieron también los recuerdos de los tiznados carboneros que quemaron la raíz de brezo, de los resineros que decaparon la corteza de viejos pinos, de jornaleros todos que regaron con su sudor la cerúlea holliza de su suelo. Y en el humo espeso y asfixiante de los incendios, entre helicópteros e hidroaviones, se esfumaron los idílicos parajes como por arte de magia.
Incendio tras incendio, el fuego fue indómito enemigo que no consiguieron doblegar la técnica y la mecánica de los modernos medios de extinción. Cercado en su territorio, rara vez fue sometido y siempre consiguió huir monte arriba cual bandido arrasando cuanto encontraba a su paso. El terreno estaba abonado para su propagación: el olvido, el abandono, la desidia eran sus principales carburantes. No había agua en el cielo que consiguiera apagar los rescoldos de tantos años de dejadez. Y así, el fuego se extendía por toda la sierra de ladera a ladera hasta que satisfecha su voracidad destructora apagaba su llama al cabo de varios días.
En los últimos años la suerte y las dotaciones forestales de la Junta han ido salvando la situación, pero ¿qué se ha hecho para prevenir estos desastres naturales? Salvo la limpieza en contadas ocasiones del monte público, poco más. Y yo me pregunto: ¿se debe consentir que se queme todo el monte público porque el particular está abandonado a su suerte? No, medios hay para evitarlo si se quiere, no hace falta echarle mucha imaginación.
Por otra parte, el pino que antaño fue un valor de cotización hoy ya no lo es, su demanda y su precio se han reducido considerablemente. Pero el pinar forma parte de nuestro paisaje y nuestra mirada está hecha a su presencia, por ello debemos protegerle al mismo tiempo que debe ser incentivada la existencia de otras especies autóctonas que también tuvieron un protagonismo destacado en nuestra sierra. Así, en el restablecimiento del equilibrio natural entre especies arbóreas foráneas y autóctonas, controladas en su desarrollo a través de trabajos preventivos de extinción, podamos evitar la zozobra que por estas fechas cuando el verano apunta a todos nos embarga.
Ya va siendo hora de rencontrarnos e identificarnos en nuestro paisaje, un paisaje variado de especies, multicolor en primavera, heterogéneo en su gama que brota entre las pizarras milenarias de nuestra sierra.
Autor: Juan Carlos García Delgado
