LLUEVE SOBRE MOJADO

Es seis de Noviembre de 2006, a las nueve de la mañana en la puerta del ayuntamiento, algunos vecinos "piden la vez" para entrar a entrevistarse con el encargado de actualizar el Catastro. En el corro que se va formando bajo los soportales, al abrigo de la pertinaz lluvia otoñal, esperan impacientes su turno. Bajo el brazo, carpetas de distintos colores guardan celosamente las escrituras de las propiedades que heredaron de sus padres, éstos de sus abuelos y que a su vez ellos dejarán a sus hijos.
El paso del tiempo ha ido amarilleando las hojas donde están registradas detalladamente las tierras que no hace mucho tiempo fueron el sustento de las familias: olivares, viñas, huertos, encinares, pinares, aparecen con el nombre de los parajes, sus extensiones y linderos. Dando fe de la titularidad de las tierras transmitidas de generación en generación, la rúbrica del notario de Hoyos.
La lluvia sigue cayendo insistentemente desde hace una semana sobre los olivos y los pinos, las encinas y los alcornoques, las cepas y los castaños que abrazan las pizarras de las casas. La cortina de agua diluye el paisaje otoñal de fondos amarillos y ocres. Agua y tierra se funden en el horizonte serpenteado de regatos que bajan desde las cumbres arañando las entrañas de los cauces festonados de madroñeras y brezos.
Son las diez de la mañana, la campana del consistorio lo certifica a golpe de badajo cuyos ecos se pierden en la lejanía de la villa. Los vecinos toman las escaleras del ayuntamiento al encuentro con "la cita catastral".
Renqueantes, toman asiento en las bancadas de la sala de plenos. Encima de una mesa se extienden los mapas del término municipal. En unas estanterías, archivadores blancos guardan croquis amarillos organizados por polígonos y parcelas. Sentado a la mesa, el operario del catastro va entrevistándose con los propietarios de unas tierras cada vez más desconocidas por sus titulares. Escrituras, contratos particulares, permutas de fincas, recibos de contribución van extendiéndose sobre la mesa entre planos y mapas plagados de cientos de parcelas con sus correspondientes numeraciones al tiempo que se intenta casar propietarios y propiedades. La mayor parte son parcelas de unas cuantas áreas fruto de un exorbitante minifundio arrastrado a lo largo de los siglos. Lo que en un tiempo fue olivar o viña hoy es pinar, lo que fue pinar la voracidad de los incendios de los últimos años lo han reducido a matorral salpicado de vegetación autóctona y todo junto monte impenetrable.
El paisano mira desesperado los papeles que le acreditan que es propietario de unas tierras que ya no sabe dónde están y para qué sirven. "Con la mosca tras la oreja” por sospechar que tendrá que pagar un impuesto por algo a lo que “no ve oficio ni beneficio" desde hace años. Desesperado e impotente por legar a sus hijos unas propiedades más fraccionadas que las que él recibió de sus padres. Con una legislación autonómica que le obligará a tener las fincas limpias para evitar incendios que ni la propia Administración regional es capaz de atajar y evitar. Las tierras que un día llevaron el pan a su casa, hoy sólo le dan preocupaciones y quebraderos de cabeza.
De nuevo en la plaza con su carpeta bajo el brazo, contempla los rostros de sus vecinos en los que se reflejan las mismas preocupaciones que le embargan a él. Ya ninguno vive del olivar, ni de la viña, ni del pinar, ni sus hijos probablemente vivan de ello pero quieren dejárselo a sus descendientes como un día se lo dejaron a ellos. Es una tierra con un valor más sentimental que económico transmitida a lo largo de generaciones y agradecida cuando se la cultiva adecuadamente.
La lluvia sigue cayendo machaconamente sobre los hombres y las conciencias, sobre las lindes desdibujadas por el paso el tiempo que ellos se han obstinando en perpetuar. La misma queja aflora a los labios de unos y otros, la misma preocupación se refleja en sus ojos. Miran para atrás y hablan de cuando se pudo dar solución y no se dio mediante la concentración parcelaria, de egoísmos rancios que no llevaron a ningún sitio, pues todo lleva el mismo camino de acabar igual de abandonado. De que quizá sean capaces de hacer un último esfuerzo y ponerse de acuerdo o que lo intenten sus hijos.
En esta mañana de otoño gris y plomizo, la monotonía del pueblo se ha roto por un momento trayendo a la actualidad viejos y eternos conflictos. Todos hemos pensado en las soluciones que podrían poner fin a un minifundio arcaico y sin sentido abocado al abandono y al empobrecimiento de nuestro pueblo. Sólo una eficiente, justa y proporcional concentración parcelaria terminará con el enquistado problema que venimos arrastrando desde hace ya demasiado tiempo.
Parece que escampa pero ha llovido tanto sobre esta tierra desde entonces que llueve sobre mojado.
Autor: Juan Carlos García Delgado
