CUÉNTAME
Cuéntame
Al llegar a una determinada edad, entorno a los cuarenta como es mi caso, surge una tendencia bastante generalizada de volver la vista al pasado. Probablemente es un síntoma más de que nos vamos haciendo mayores y los recuerdos la constatación de nuestra particular memoria histórica, ahora que está tan de moda el uso de esta palabra.
Entre los capítulos del libro de nuestra vida unos de los más intensamente vividos, despreocupados y felices sean quizá los referentes a nuestra adolescencia. Esa época en la que uno no sabe muy bien, si va o viene, dónde está y qué quiere de la vida que está empezando a descubrir.
Hay una serie en la televisión, “Cuéntame”, que me evoca aquellos años setenta del tardofranquismo y la transición que yo viví sin sobresalto alguno desde la inocencia y la ignorancia de mis catorce años. Estaba interno en un colegio de frailes franciscanos en Cáceres, Franco acababa de morir y mi padre se había comprado un seat 127. En el colegio hice algunos de mis mejores amigos, procedían también de pueblos de la provincia y juntos vivimos momentos maravillosos. Pero la vida en el colegio estaba marcada por las clases y el estudio, los horarios estrictos y la disciplina franciscana, no era por tanto todo lo agradable que uno quería. Había que esperar a que terminara el curso, salir medianamente airoso de los exámenes para empezar a vivir las esperadas vacaciones de verano totalmente despreocupado de todo. Dos meses por delante, julio y agosto, en el pueblo, sin colegio, con tus amigos y sin tener que madrugar. ¡Qué más se podía pedir!
Los primeros en aparecer en Descargamaría eran Félix y Carlos, eso que venían de Madrid, antes que comenzara julio llegaban al pueblo. Después íbamos llegando los demás escalonadamente: Hilario, Javi “Nichi”, Javi (venía de Baracaldo), Chuma, Guillermo, Fernando y Jose Luís “Bibí” (q.p.d.) mis primos y un servidor. Íbamos a la plaza del Cordero a esperar el autobús que nos traía al pueblo desde los lugares a los que muchos de nuestros paisanos habían tenido que emigrar una década atrás.
Juntos nos comíamos los bocatas de chorizo sentados en “los poyos” de la plaza bajo la atenta mirada de nuestras abuelas, íbamos a la piscina y compartíamos los primeros cigarrillos de “Sombra” en “la Fontanita”. A todas horas del día andábamos en cuadrilla de un sitio a otro. Pasábamos las calurosas tardes estivales jugando a “las chapas” o el monopoli en la puerta de la iglesia hasta la hora de la piscina. Otras veces, con cañas hechas con un palo, sedal, boya y un anzuelo íbamos a pescar al río hasta que llenábamos el junco de peces. Y alguna vez que otra en las bicicletas bajábamos a “Barriamor” a ver a las chicas del campamento. Por las noches, en alguna calleja oscura del pueblo, nos contábamos historias de miedo que culminaban con una visita al cementerio. Allí, al pie de la puerta de hierro del campo santo, alguno de repente pegaba un grito y salíamos todos a la carrera en dirección al pueblo.
Aquellos días de verano de finales de la década de los setenta, en pantalón corto, camiseta, chanclas y moscas por todas partes (aún había cabras en el pueblo) llegaban a su punto álgido en las fiestas de san Cayetano. Ansiosos esperábamos la llegada de los músicos, que todos los años eran los mismos pero que a nosotros nos parecían los mejores del mundo. “Los Tropicales” llegaban a la Vega en su mil quinientos arrastrando un remolque en el que traían una batería, un órgano, una guitarra y un saxo. Después de una hora de pruebas (un, dos, tres, se oye, sí, sí, ya...) empezaba la verbena a la que concurría todo el pueblo. Las noches de verbena tenían un encanto especial, pues era el momento que habíamos estado esperando todo el verano para bailar con aquella chica que nos gustaba. Lógicamente sólo les pedíamos baile cuando sonaba alguna canción lenta ya que el pasodoble requería mayor destreza de la que teníamos en esas lides. San Cayetano era también el momento en que aparecía por el pueblo Baldomero con sus cucuruchos de helado, sus juguetes y sus petardos que tirábamos en la verbena a los pies de los novios que bailaban amartelados. La vespertina charanga que te hacía saltar de la cama, los lanzamientos de cohetes detrás de la iglesia y los veinte duros que te daban tus abuelos para las fiestas.
Después de las fiestas y sobrepasado el meridiano de las vacaciones, durante unos días nos rondaba la nostalgia y la tristeza porque ya no había fiestas en el horizonte. Por las mañanas había que empezar a estudiar esa asignatura que teníamos para septiembre. Algunos emprendían el retorno de vuelta a Bilbao, Madrid o Barcelona hasta el próximo año. El grupo a medida que pasaban los días iba disminuyendo como las horas de sol hasta que nos quedábamos dos o tres que pasábamos la mayor parte del día recordando lo que habíamos hecho. El verano era más otoño que otra cosa, los días habían pasado como una exhalación y un regusto amargo se adueñaba del paladar cuando septiembre con las uvas aún agraces te esperaba a la vuelta de la esquina para afrontar esa asignatura que apenas habías visto en todo ese tiempo.
Han pasado ya muchos años y muchas cosas desde entonces pero jamás olvidaré aquellos veranos de los setenta en el pueblo. Aquellos días azules y calurosos, aquellas noches estrelladas y salpicadas de luciérnagas en las cunetas de la carretera. El rumor del río a su paso por la Fontanita, su chopera y el tío “Cota” que siempre nos gastaba alguna broma mientras cogíamos libélulas en los “pasiles” de piedra. La fragancia de la resina de los pinos que bajaba de la sierra e inundaba cada rincón del pueblo.
Cuéntame me pide una voz desde lo más profundo de mi memoria... Era un verano de los setenta, en un pueblo junto a un río…
Juan Carlos García Delgado
Al llegar a una determinada edad, entorno a los cuarenta como es mi caso, surge una tendencia bastante generalizada de volver la vista al pasado. Probablemente es un síntoma más de que nos vamos haciendo mayores y los recuerdos la constatación de nuestra particular memoria histórica, ahora que está tan de moda el uso de esta palabra.
Entre los capítulos del libro de nuestra vida unos de los más intensamente vividos, despreocupados y felices sean quizá los referentes a nuestra adolescencia. Esa época en la que uno no sabe muy bien, si va o viene, dónde está y qué quiere de la vida que está empezando a descubrir.
Hay una serie en la televisión, “Cuéntame”, que me evoca aquellos años setenta del tardofranquismo y la transición que yo viví sin sobresalto alguno desde la inocencia y la ignorancia de mis catorce años. Estaba interno en un colegio de frailes franciscanos en Cáceres, Franco acababa de morir y mi padre se había comprado un seat 127. En el colegio hice algunos de mis mejores amigos, procedían también de pueblos de la provincia y juntos vivimos momentos maravillosos. Pero la vida en el colegio estaba marcada por las clases y el estudio, los horarios estrictos y la disciplina franciscana, no era por tanto todo lo agradable que uno quería. Había que esperar a que terminara el curso, salir medianamente airoso de los exámenes para empezar a vivir las esperadas vacaciones de verano totalmente despreocupado de todo. Dos meses por delante, julio y agosto, en el pueblo, sin colegio, con tus amigos y sin tener que madrugar. ¡Qué más se podía pedir!
Los primeros en aparecer en Descargamaría eran Félix y Carlos, eso que venían de Madrid, antes que comenzara julio llegaban al pueblo. Después íbamos llegando los demás escalonadamente: Hilario, Javi “Nichi”, Javi (venía de Baracaldo), Chuma, Guillermo, Fernando y Jose Luís “Bibí” (q.p.d.) mis primos y un servidor. Íbamos a la plaza del Cordero a esperar el autobús que nos traía al pueblo desde los lugares a los que muchos de nuestros paisanos habían tenido que emigrar una década atrás.
Juntos nos comíamos los bocatas de chorizo sentados en “los poyos” de la plaza bajo la atenta mirada de nuestras abuelas, íbamos a la piscina y compartíamos los primeros cigarrillos de “Sombra” en “la Fontanita”. A todas horas del día andábamos en cuadrilla de un sitio a otro. Pasábamos las calurosas tardes estivales jugando a “las chapas” o el monopoli en la puerta de la iglesia hasta la hora de la piscina. Otras veces, con cañas hechas con un palo, sedal, boya y un anzuelo íbamos a pescar al río hasta que llenábamos el junco de peces. Y alguna vez que otra en las bicicletas bajábamos a “Barriamor” a ver a las chicas del campamento. Por las noches, en alguna calleja oscura del pueblo, nos contábamos historias de miedo que culminaban con una visita al cementerio. Allí, al pie de la puerta de hierro del campo santo, alguno de repente pegaba un grito y salíamos todos a la carrera en dirección al pueblo.
Aquellos días de verano de finales de la década de los setenta, en pantalón corto, camiseta, chanclas y moscas por todas partes (aún había cabras en el pueblo) llegaban a su punto álgido en las fiestas de san Cayetano. Ansiosos esperábamos la llegada de los músicos, que todos los años eran los mismos pero que a nosotros nos parecían los mejores del mundo. “Los Tropicales” llegaban a la Vega en su mil quinientos arrastrando un remolque en el que traían una batería, un órgano, una guitarra y un saxo. Después de una hora de pruebas (un, dos, tres, se oye, sí, sí, ya...) empezaba la verbena a la que concurría todo el pueblo. Las noches de verbena tenían un encanto especial, pues era el momento que habíamos estado esperando todo el verano para bailar con aquella chica que nos gustaba. Lógicamente sólo les pedíamos baile cuando sonaba alguna canción lenta ya que el pasodoble requería mayor destreza de la que teníamos en esas lides. San Cayetano era también el momento en que aparecía por el pueblo Baldomero con sus cucuruchos de helado, sus juguetes y sus petardos que tirábamos en la verbena a los pies de los novios que bailaban amartelados. La vespertina charanga que te hacía saltar de la cama, los lanzamientos de cohetes detrás de la iglesia y los veinte duros que te daban tus abuelos para las fiestas.
Después de las fiestas y sobrepasado el meridiano de las vacaciones, durante unos días nos rondaba la nostalgia y la tristeza porque ya no había fiestas en el horizonte. Por las mañanas había que empezar a estudiar esa asignatura que teníamos para septiembre. Algunos emprendían el retorno de vuelta a Bilbao, Madrid o Barcelona hasta el próximo año. El grupo a medida que pasaban los días iba disminuyendo como las horas de sol hasta que nos quedábamos dos o tres que pasábamos la mayor parte del día recordando lo que habíamos hecho. El verano era más otoño que otra cosa, los días habían pasado como una exhalación y un regusto amargo se adueñaba del paladar cuando septiembre con las uvas aún agraces te esperaba a la vuelta de la esquina para afrontar esa asignatura que apenas habías visto en todo ese tiempo.
Han pasado ya muchos años y muchas cosas desde entonces pero jamás olvidaré aquellos veranos de los setenta en el pueblo. Aquellos días azules y calurosos, aquellas noches estrelladas y salpicadas de luciérnagas en las cunetas de la carretera. El rumor del río a su paso por la Fontanita, su chopera y el tío “Cota” que siempre nos gastaba alguna broma mientras cogíamos libélulas en los “pasiles” de piedra. La fragancia de la resina de los pinos que bajaba de la sierra e inundaba cada rincón del pueblo.
Cuéntame me pide una voz desde lo más profundo de mi memoria... Era un verano de los setenta, en un pueblo junto a un río…
Juan Carlos García Delgado
