jueves, 22 de mayo de 2008

Lo primero que llama la atención al turista que transita por primera vez  la sierra de Gata es el verdor cromático de su paisaje. La imagen desértica y árida de Extremadura que tienen en su ideario se derrumba al contemplar las escarpadas laderas pobladas de exuberante vegetación. El clamor de los regatos que serpentean entre las grises pizarras, al abrigo de madroñeras y chaguarzos, da sintonía al paisaje que se viste de notas más suaves en las cristalinas aguas de sus ríos. Son ríos empedrados de cantos alargados y suaves que descienden raudos de las altas sierras buscando el padre Tajo.

La gama de verdes dibuja un paisaje que va del esmeralda de los  pinos jóvenes en las partes altas, al verde cobalto del centenario olivo en  los bancales, jaspeado aquí y allá por el verde mate de encinas y alcornoques. La primavera, sobre este fondo perenne y eterno, dibuja el blanco inmaculado de la flor de la jara, el amarillo de la escobera y el morado pasión del brezo.

La naturaleza es generosa en esta parte de Extremadura, donde la frondosidad de su vegetación alberga una nutrida fauna, ya extinta en otras partes del país.  Donde el hombre domeño desde antiguo una tierra feraz para buscar su sustento introduciendo el olivo y la vid. Testigos de estas actividades son los molinos de aceite que antaño movían sus muelas al paso de  las bravas aguas de sus ríos o  de las centenarias bodegas donde fermentaban sus rancios vinos. Hoy el olivo va ganando terreno al matorral y la aceituna que antes se recogía en invierno se hace ahora a comienzos del otoño. La vid se derrama por las soleadas lomas donde endulza sus racimos bajo los dorados rayos desde el alba al ocaso.  Y en las umbrías, donde el sol muestra  timidez a entrar, el castaño se inclina bajo  el peso de los años a besar los cimbreantes helechos que alfombran su tronco.

Sobre este paisaje se esculpen sus pueblos ora a la orilla de un río del que toma el agua para sus huertos ora en la cumbre enriscada y escarpada que fue atalaya morisca. Son pueblos apretados de pizarra y casas esbeltas que buscan el sol en invierno y la sombra en el estío. De calles cortadas a navaja como incisiones estrechas y profundas donde se besan sus balcones de madera. Donde los cantos de río de su empedrado reverberan bajo el sol inclemente en  verano o se tiñen del color de la plata vieja bajo la luna de primavera. De plazas porticadas que guardan aún el secreto de aquel fugaz beso adolescente, de escudos nobiliarios testigos de glorias pasadas que lucen sus armas y blasones irredentos al paso del tiempo. De ermitas mudéjares que mudaron de religión en la reconquista, de iglesias que guardan retablos renacentistas y barrocos, de solitarias picotas donde se hizo justicia en otros tiempos, de palacios donde los obispos pasaban el verano  y de conventos y casas solariegas venidas a menos.  

Es ahora, en primavera, cuando la fresca fragancia de su colorida flora se mezcla con el viento que burlas las esquinas de sus calles y plazas. Es ahora, cuando el embrujo de esta tierra sublima los sentidos y el tiempo se detiene bajo un cielo azul surcado de nubes  de formas caprichosas y el silencio se quiebra  por el brote del cerezo en flor.  Es en este tiempo, cuando la soledad se  adueña de estos pueblos de recio carácter y la vida surge por doquier, cuando el caminante en medio de esta naturaleza  más motivos tiene para apreciar la creación.


Publicado por JCardel @ 13:17
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por alex
viernes, 23 de mayo de 2008 | 21:08
La primavera no es una estación, es un latido.
Cojonudo, Carlos.
Publicado por jose mari
sábado, 24 de mayo de 2008 | 11:54
Es cuando nuestro rinconcito en el mundo nos devuelve lo que nos robo el invierno.(lo has clavao).
Publicado por tuchy
sábado, 31 de mayo de 2008 | 12:21
Bravo Carlos,te apreciamos.