domingo, 29 de junio de 2008

El protagonista de esta historia podría ser cualquiera de los miles de extremeños que un día tuvieron que dejar su tierra. Corrían los años sesenta y setenta  del siglo pasado y la crisis del campo era asfixiante. No había futuro en los pueblos, el trabajo empezaba a escasear y los sueldos eran una miseria.

Para esta generación no había espejo en el que mirarse, sus padres habían trabajado de sol a sol y no habían salido de la pobreza. Algunos buscaron a través del seminario la manera de estudiar una carrera que sus padres no podían sufragar. Otros no tuvieron ni siquiera esa oportunidad y sus estudios se limitaron a acudir a la escuela cuando podían para aprender a leer y hacer cuatro cuentas para desenvolverse en la vida.

Santiago, nuestro protagonista, no acudió a la escuela un solo día. Recuerda que cuando tenía ocho años ya cuidaba chivos. Que a la misma edad recogía aceitunas incrustadas en la escarcha en los helados olivares de la sierra. Y que apenas le había salido pelusa donde posteriormente habría de haber bigote, su padre le puso en las manos una podadera que le habría de curtir las manos para el resto de sus días. Con quince años conocía todos los secretos del campo y nunca fue consciente de haber vivido una infancia o más adelante una pubertad libre de pesadas cargas.

Los días estaban marcados por las labores agrícolas y ganaderas. Existían los meses según el cómputo que llevaba para sí pero no las semanas. El domingo sabía que día era porque las campanas de la iglesia tocaban de manera distinta, más alegres. Porque los mozos se juntaban a jugarse a la rayuela o la barra unos vinos. Y porque las mozas parecían más guapas y elegantes que el resto de los días. Sólo en verano, en el mes de agosto, cuando se celebraba el patrón, disfrutaba de unos días en los que al menos no trabajaba.

Así pasaron los años hasta que salió por primera vez del pueblo para hacer el servicio militar en Madrid. La visión de la ciudad le produjo vértigo al no alcanzar su vista las amplias avenidas transitadas de coches y viandantes. Nunca había visto tanta gente y tantos comercios y bares, restaurantes y cines, cafés y teatros en su vida. Aquello le causó una honda impresión y vio que había gente que se ganaba la vida de una manera diferente a como él lo hacia.

De vuelta al pueblo, tras concluir el servicio militar, se reintegró de nuevo a las tareas del campo. En su año y medio de ausencia, las cosechas habían sido malas y el trabajo arduo y penoso. La gente seguía usando los mismos pantalones de pana y las mismas camisas blancas de un año para otro. Los críos correteaban por la plaza en pantalón corto y sabañones en las orejas. Los más pequeños, que aún no habían dado los primeros pasos, dentro del corcho de una colmena se sorbían los mocos a la sombra de los soportales de la plaza.

A su mente volvían una y otra vez los recuerdos de la gran ciudad. La forma de vida diferente que llevaban, sus trabajos lejos de las inclemencias del tiempo, sus sueldos fijos a fin de mes, sus edificios de viviendas confortables. Una lucha interior turbaba  continuamente su ánimo, debatiéndose entre la bucólica vida del pueblo con todas sus penurias y el abismo que dibujaba la ciudad donde se encontraría solo ante un futuro incierto.

Por aquella  época, el norte de España era el polo de atracción con su industria metalúrgica y sus altos hornos. Bilbao y su cinturón industrial estaban en pleno auge. Los obreros tenían jornadas establecidas y sueldos que triplicaban lo que se ganaba en el campo. Santiago no podía apartar de su mente mientras cortaba los tallos a los olivos y se secaba el sudor  de la frente, aquella idea que le rondaba la cabeza hacia tiempo. Aquella lucha entre el amor al terruño y un futuro lejos de los suyos tenía que terminar. No podía seguir así, tenía que decantarse entre vivir  como hasta entonces o lanzarse a la aventura lejos de lo que hasta entonces había sido su hogar.

Una mañana de primavera, cuando los rayos del sol lamían los brotes de los cerezos, salió del pueblo con lo puesto. A través de la ventanilla del autobús de línea vio perderse a su espalda la espadaña de la torre de la iglesia. De repente, un vacío se le hizo en el estómago y nudo se le formó en la garganta que le secó la boca. Unas lágrimas lentas y gordas como  la pena que le atenazaba le resbalaron por las mejillas. En la estación de trenes de Plasencia gastó el poco dinero que le quedaba para pagar el billete de uno de aquellos trenes que iban hacia el norte. 


Publicado por JCardel @ 18:37
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