Muchas veces me acordaré de aquellas mañanas de invierno, durante las navidades en Descargamaría. Lo más normal era que los días no festivos, fuéramos a coger aceitunas, pero la mañana que sonaban las canales y corría el agua de lluvia a manta por la calle, nos quedábamos en casa del abuelo.
Era entonces, cuando después de desayunar unas galletas y un vaso de leche de cabra, nos llamaba con voz diligente, a mis primos y a mí, para hacer problemas de matemáticas. La mesa se llenaba de hojas de calendario del revés, lápiz y goma de borrar. Al calor del brasero de picón, comenzaba a dictarnos el abuelo Constancio, los nietos tomábamos nota; divisiones con decimales, sumas y restas de quebrados, áreas y superficies,... De allí no se levantaba nadie hasta agotar el blanco de la hoja. Luego comenzábamos a intentar resolver lo planteado, mas o menos se resolvían los problemas, salvo cuando nos tragábamos algún cero o alguna coma, entonces la voz del abuelo retumbaba en la sala”; !!Me cago en santoña puta, pero que zoquetes¡¡”. Preferíamos ir a las aceitunas antes que seguir allí, bajo aquella luz mortecina y aquel baile sin fin de cifras.
El abuelo, la verdad, estaba puesto en el tema, dominaba perfectamente la aritmética, la geometría y como no, la conversión de las unidades del Sistema Internacional de Medidas.
Por todos era sabido que el abuelo Constancio, cubicaba los pinos maderables de memoria, tenía una tabla de conversión metida en no se que parte de la cabeza, que ni los ingenieros de montes que pasaron por allí, se lo podían explicar. Sabía de memoria los hijos de Jacob, los cuales nos repetía sin cesar, las unidades de azúcar para aumentar el grado alcohólico de mosto, todos los tipos de injertos y sus variedades, fincas, lindes y mojones, refranes, poesías de Machado y así un largo etcétera.
Pues así, entre cántaros, cuartillos, pies, yardas, acres, hectáreas, celemines y demás medidas tradicionales, pasábamos la mañana de lluvia.
Nosotros a veces le decíamos que eso no valdría para nada, que ahora lo que el trimestre mandaba eran las integrales y derivadas, a lo cual respondía que de eso el no entendía y nos aplicáramos con lo expuesto.
Pero una mañana de estas, el abuelo nos dijo que dispusiéramos de papel y lápiz, pues, tendríamos que resolver un curioso problema;
Aquel trataba sobre la campana de Descargamaria, la cual se había caído y visto que los hombres no la podían elevar, se prestaban voluntariamente las ingeniosas hormigas; la campana pesaba X, la altura del campanario Y, las hormigas subían cada Z tiempo, tantas M pulgadas,... en fin había que decir cuantas hormigas eran necesarias para subir la campana y cuanto tiempo tardarían, e aquí la cuestión.
Total que tiramos de integrales, derivadas, ecuaciones, logaritmos, álgebra y vectores, pero nada. Entonces nos dimos cuenta, que lo que realmente quería el abuelo, era eso; que usáramos la matemática “suya”, para resolver el problema y así fue como los tres primos: Fernando, Jose Luís (Bibi) y yo, resolvimos el famoso problema de las ingeniosas hormigas.
Muchas veces intenté recordar el texto integro del problema planteado, pero el paso del tiempo lo fue borrando y calló en el olvido. Pero hace poco tiempo, entre las hojas de un viejo libro del abuelo: “Química, Viticultura y Enología” de Nicolás García de los Salmones, del año 1922, había una vieja hoja amarilla, con su inconfundible letra estilizada, era el famoso problema de matemáticas, que hoy publico aquí para que, si estáis aburridos con tanto sudoku, resolváis y me digáis cuantas hormiguitas son necesarias para subir la campana grande del campanario de nuestro pueblo y cuanto tiempo van a tardar en subirla.
Problema matemático:
“El campanario de este pueblo tiene 36 metros de altura, se ha caído una campana, que pesa 400 kilos, no pudiéndola subir los hombres, se han prestado voluntarias las ingeniosas hormigas para subirla. Subiendo cada 5 horas, 5 pulgadas. ¿Cuántas hormigas se necesitarán, subiendo cada una el peso de un grano de trigo? ¿Y cuantas horas tardaron en subirla?.
Adelante.
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ALFONSO GARCIA DELGADO