En el paraje de la sierra de Gata conocido como “el Larguijo”, los huesos blanquean al sol en una visión apocalíptica mientras las sombras de los carroñeros se proyectan desde las alturas sobre las osamentas desperdigadas en el interior de la alambrada. Describiendo círculos concéntricos sobre el azul del cielo, como en una danza ritual en honor al sol que reverbera sobre los zainos plumajes, las aves se preparaban para el festín que un camión acaba de descargar en el muladar.
Cuando el vehículo abandona el comedero, los buitres se dejan caer desde las alturas lentamente hasta tomar tierra, cerrando parsimoniosos los negros parapentes de sus alas. Uno tras otro van aterrizando en torno a los animales muertos y a saltos acrobáticos se acercan a la carroña. Estiran los cuellos intentando llegar con el corvado pico hasta la pitanza, empujándose unos a otros con el armazón de sus plumajes por ser los primeros en hundir el pico entre las vísceras de las reses muertas. De repente, los restos de ovejas y cabras que constituyen el festín, quedan cubiertos bajo un manto de plumajes negros como un catafalco. De vez en cuando, asoma una peluda cabeza ensangrentada de las entrañas de una de las ovejas alargando el gaznate para deglutir mejor el pellizco de carne que acaba de arrancar con el sarraceno pico. Ahítos, con el buche lleno, los primeros comensales se van retirando lentamente del festín, dejando paso a los rezagados, que ansiosos se lanzan sobre los restos de carne que aún queda adherida a los huesos.
Negar que ver planear a estos carroñeros sobre los cielos de la sierra de Gata y contemplarlos engullir ovejas hasta dejarlas en los huesos no tiene atracción, sería mentir. Pero encumbrar este atractivo hasta convertirlo en foco de interés turístico sería engañarnos a nosotros mismos. Porque realmente ¿Cuánta gente está interesada en este tipo de visista naturista, a la que se le han dado en llamar de forma desproporcionada “turismo ornitológico”? El día que fui al “Larguijo”, en plenas vacaciones estivales, allí no había más “turista” que el que suscribe. Si la sierra de Gata espera vivir en los próximos años de este turismo carroñero apañada va para largo.
No sé realmente cuánto supone alimentar a los buitres, ni los gastos que conlleva el desplazamiento de los animales muertos hasta el muladar, ni lo que ha supuesto su construcción con circuito cerrado de cámaras con visionado a través de Internet, pero quizá no estaría demás que algún día nos informaran de ello. Lo que sí está claro es que, una crisis que ha llevado a cuatro millones seiscientas mil personas al paro y a muchas de ellas a tener que hacer cola ante comedores sociales para llevarse algo a la boca, no está para hacer dispendios de este tipo y sí para mirar con lupa en que se gasta el dinero de los contribuyentes.
A veces me pregunto, qué se esconde detrás de estos proyectos, cuál es el interés de nuestros gestores con este tipo de iniciativas en la sierra de Gata. El tema de los buitres viene de lejos, se remonta a comienzos de los ochenta con un proyecto privado de iniciativa alemana del que no se supo más y que hace unos años retomó la administración extremeña. De vez en cuando, aparece la noticia siempre sorprendente del avistamiento de un lince en este o aquel paraje. Nadie que yo conozca por estas tierras los ha visto nunca y algunas de estas personas por su longevidad, conocieron la sierra de Gata en su estado natural más puro e integro a comienzos del siglo pasado.
Pero todavía no he oído a nadie hablar claro sobre la cuestión. Se crean zonas ZEPAS (zonas de especial protección de aves) por aquí y por allá que no dejan ningún beneficio a los ayuntamientos e impiden el desarrollo de otros proyectos como los parques eólicos. La pregunta que hago es si alguien sabe qué quieren hacer en la sierra de Gata, ¿la quieren convertir en una reserva o en un parque natural?
Juan Carlos García Delgado