Mi?rcoles, 28 de diciembre de 2011

Da igual la estación, lo mismo da que haga frío o calor, que dormite el paisaje bajo la blanca escarcha del invierno o se agite por los vientos otoñales o palpite por la savia que se despereza en primavera o sestee adormecida por el canto de la chicharra estival, la sierra de Gata no dejará de sorprendernos con su belleza en cualquier época del año.

No ha sido nunca tierra fácil y moldeable a la voluntad del hombre para vivir de ella. Los frutos ha habido que arrancárselos a la tierra, ora en los huertos a las riveras de los ríos que descienden estrepitosos desde sus cumbres ora en los bancales de castaños y olivos que cuelgan de los pizarrales de sus laderas. Pero no por ello ha sido nunca esta una tierra ingrata y desagradecida, siempre ha sabido premiar el esfuerzo y el sudor derramado sobre el terruño en forma de abundantes y suculentos frutos. El aceite de sus centenarios olivos y el vino de pitarra de sus viñas son dos ejemplos de ello a los que podríamos sumar la explotación forestal de sus pinares y otras más. Los tiempos actuales han traído otros nuevos frutos, que se han sumado a los anteriores, como es el caso del turismo rural que ha servido para revitalizar el pulso económico por el paulatino abandono de la actividad agraria. Pero ello no ha sido suficiente para llenar el hueco ocupacional que el abandono del campo ha dejado, máxime cuando la crisis económica entró en escena golpeando duramente, al igual que a otros muchos sectores, el sector turístico. Por ello, cabe preguntarnos, si estamos realmente sacando partido a nuestros recursos naturales como antaño supieron hacerlo nuestros antepasados, o si por el contrario no tenemos la visión de futuro que ellos tuvieron para ver y explotar otras alternativas. Alternativas que se pueden traducir en puestos de trabajo de los que la gente está tan necesitada hoy día y que pueden servir para detener la hemorragia de pérdida de población de nuestros pueblos. Y es de nuevo a la naturaleza a la que tenemos que dirigir la mirada para encontrarlos, como siempre se ha hecho en esta tierra cuando no se ha querido poner la mirada más lejos pensando en las grandes urbes nacionales o extranjeras. Hablo de las fuentes de energía alternativa, de la eólica, de la biomasa, de la solar pero también de los recursos cinegéticos, de la agricultura ecológica o de las residencias para la tercera edad. Haciendo mención a las primeras, a las energías alternativas, sobre todo la eólica, el potencial de la sierra de Gata es espectacular. No se trata de llenar de molinos todas las crestas de sus sierras pero tampoco de que sólo sean dueños de ellas los buitres, como ocurre ahora. En una época de crisis tan dura como la actual, con cinco millones de parados y muchos ya sin recibir recursos de ninguna institución, con una Unión Europea cada vez más remisa a soltar fondos y cada vez más empeñada en presupuestarnos desde Bruselas y con las arcas estatales, autonómicas y municipales vacías y en deudas, no se puede desaprovechar lo poco que puede servirnos para salir del atolladero. Hay que abandonar las posturas maximalistas e inmovilistas desde las que los grupos ecologistas se postulan, haciendo compatible el respeto a la naturaleza con las necesidades humanas, más apremiantes hoy que nunca. Crear zonas especiales de protección de aves (ZEPAS) excluyendo de ellas cualquier actividad humana que presuntamente atente contra las aves impidiendo vivir honrada y dignamente de un trabajo con proyección de futuro, como es el caso de la energía eólica,  para que en su lugar vivan aves carroñeras es simple y llanamente insultante contra el ser humano. ¿No se podría llegar a una situación intermedia que permita compatibilizar ambas actuaciones sin necesidad de excluirse mutuamente para que todos, personas y pájaros, puedan vivir? ¿Es necesario que perviva la actual situación en la que los buitres y quienes los amparan, usurpen la posibilidad de que las personas hoy desocupadas puedan vivir de un trabajo que con toda seguridad no impediría a las aves vivir sin problemas?

Lo mismo cabe decir de los recursos que genera el sotobosque y los bosques que pueblan nuestra sierra. Una ingente masa de materia orgánica vegetal leñosa desaprovechada, que sólo sirve para alimentar los fuegos que en más de una ocasión han asolado nuestros pinares. Pinares, que hace ya años, no conocen los desmontes debido a la prohibición de talas motivadas por “el gusano del pino”, a los que han dejado de llegar las subvenciones del PER para su limpieza cuando son públicos y que están en el más absoluto abandono desde hace décadas cuando son de titularidad privada. Una política forestal que abandonó hace tiempo la prevención, basada en la limpieza de los montes y en el mantenimiento de sus infraestructuras, cortafuegos, pistas y caminos, para instalarse en exclusiva en la actuación de los medios contra incendios cuando sus márgenes de tiempo no se ven sobrepasados para ser eficaces o cuando la agreste y escarpada orografía de la sierra no les impide desarrollar eficazmente su trabajo.

Una sierra de Gata que tiene  una oferta cinegética igualmente desaprovechada y mal gestionada, que también sería una importante fuente de riqueza si se actuara sobre ella como es debido. En primer lugar, dando más espacio y cabida a especies arbóreas como la encina, el alcornoque, el castaño o el roble en detrimento del combustible pino. Ofreciendo para ello la administración los medios materiales o siendo ella misma la que a través de planes de reforestación de especies autóctonas, lleve acabo esta labor tan necesaria para asentar las bases de una explotación cinegética eficaz como preventiva en materia forestal. Estimulando a los propietarios particulares en esta labor por medio de concentraciones parcelarias o consorcios forestales para crear superficies  de dimensiones adecuadas que permitan un desenvolvimiento productivo de esta actividad.  Cuidemos, como se merece, la principal fuente de ingresos de  Extremadura, la caza.

También nuestra sierra de Gata nos ofrece otros recursos, menos materiales pero tanto o más necesarios que los anteriores para vivir. Me refiero a la tranquilidad y al sosiego, a la relajación y la apacibilidad de sus pueblos. A esos sitios entrañables en los que nacimos, que guardan los recuerdos de una parte de nuestra vida y a los que siempre volvemos tarde o temprano, al que quizá alguna vez volvamos para siempre. Afortunadamente, nuestra vida se prolonga cada vez más y con una mayor calidad de vida, pero la manera de afrontar ese tramo final de nuestra existencia ya en nada se parece a la que tuvieron nuestros abuelos. La vida en un piso, en las deshumanizadas ciudades del siglo XXI, no es fácil y menos para las personas mayores. Por ello se impone, cada vez más, recurrir a residencias de la tercera edad y qué mejor lugar para ello que tu pueblo. Dotar de este tipo de infraestructuras a los pueblos sería otro medio de crear puestos de trabajo, afianzar la población en ellos y proporcionar un servicio social con una gran demanda.

La sierra nos seguirá mostrando cada estación su idílica estampa, llena de contrastes y matices, ofreciéndonos también como ha hecho siempre sus recursos para vivir en ella. La forma de explotarlos sin alterar su esencia es posible y compatible con el respeto al medio ambiente, como también se ha hecho o se ha intentando hacer siempre. Conseguirlo es cuestión de voluntad y entendimiento, de adaptación a los tiempos que nos ha tocado vivir, porque sólo el ser humano que sabe adaptarse a las circunstancias sobrevive.

 Juan Carlos García Delgado


Publicado por JCardel @ 11:05
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