Martes, 31 de julio de 2012

Los jugadores, apiñados en torno a la pequeña mesa, esperaban su turno para lanzar las monedas. Inquietos, movían los metales entre los dedos antes de lanzarlas. Era su entrechocar grave, sordo, tímido, nada que ver con el sonido metálico y alegre de la plata o el oro. Las sucesivas devaluaciones de la Hacienda Real y el interés por los metales preciosos de los reyes de turno, habían acabado por retirar de la circulación el oro, menguado la plata y puesto por sustituto la moneda de vellón.

 Los pulidos vellones, erosionados por el trasiego del comercio, apenas guardaban el relieve de su acuñación y su cara y su cruz se habían esfumado como su valor.  

Con la puntera del zapato clavada en la tierra y la pierna flexionada, el jugador realizó un movimiento con el brazo de abajo a arriba y soltó la moneda que tenía entre sus dedos. Ésta describió una parábola en el aire y cayó plana, casi ingrávida hasta posarse sobre la mesa. En su cara se dibujo una mueca de contrariedad y de su boca se escapó un exabrupto al comprobar que el patacón había quedado a unos centímetros de la raya labrada sobre la mesa. La vieja y traqueteada moneda había caído con la cara hacia arriba y el narigudo personaje en ella representado, parecía mofarse de la circunstancia. El resto de los jugadores también clavaron sus ojos sobre la moneda, provocando en unos alegría no disimulada y en otros gestos de contrariedad.

Así, turnándose, los jugadores fueron ocupando el lugar desde el que se lanzaba la moneda hacia la mesa. Unas veces caía de canto y salía rebotada, escupida por la madera hasta rodar por el suelo. Otras, las menos, parecía clavarse sobre la mesa al contacto con la madera como si tuvieran filo su canto. Muy pocos lanzadores conseguían que la moneda cayese sobre la fina raya que cruzaba la mesa de un lado a otro. La mayor parte de las veces, el metal bailaba sobre la madera y caía por un lado de las tablas hasta perderse entre los pies de los asistentes. A veces, cuando el jugador veía imposible  poner la moneda sobre la raya, se esforzaba por golpear con su patacón el del rival para alejarlo de la posición que ocupaba. Cuando lo conseguía, un clamor de admiración se oía entre los asistentes, que incrédulos se frotaban los ojos.

El lanzador experto y hábil se diferenciaba del resto por un ritual que ponía en práctica cada vez que lanzaba. Con la mirada clavada sobre la raya, el brazo encogido y la mano a la altura de la cadera, sosteniendo apenas entre sus dedos el patacón, realizaba un ligero movimiento de brazo  y soltaba la moneda en el momento preciso, haciendo que ésta cayese a plomo sobre el fino trazo.

Algunas tardes de verano, cuando el pueblo recupera el pulso vital de antaño, la vieja mesa de madera de nogal es sacada del rincón oscuro y apartado del olvido donde ha estado arrumbada cubierta de polvo. Limpia y lustrosa, como en sus tiempos de esplendor, vuelve a lucir en la explanada al pie del viejo molino de aceite de Ánimas. Los viejos patacones, arrinconados por la Hacienda de reyes manirrotos desde hace siglos, son liberados de la pátina donde apenas ya se ve la efigie del monarca que los mandó labrar. Entonces, cuando el sol comienza a ocultarse tras la cresta verde de la sierra y el calor se amansa y la brisa perfumada por la resina se expande aromática por las callejas de la centenaria villa, los jugadores se preparan para  dar comienzo a la partida de rayuela.

Los más pequeños, con sus Nintendos y video-consolas en las manos, miran perplejos y con asombro como juegan sus abuelos. Son niños que han nacido lejos del pueblo, en Bilbao, Madrid, Barcelona, que se ven de verano en verano.

 Al concluir la partida los mayores, los niños se lanzan sobre la mesa y cogen las monedas dejando las maquinitas en poder de sus abuelos. Han aprendido rápido las reglas del juego: la distancia desde la que hay lanzar y  que la moneda caiga sobre la raya que hay en la mesa o lo más cerca posible de ella, consiguiendo así ganar los tantos. Lo intentan varias veces pero ninguno consigue montar el patacón sobre la raya.

Sus abuelos los observan y les hacen recomendaciones para lanzar la moneda mientras apuran el vaso de vino que han ganado en la apuesta a sus rivales. Los niños lanzan una y otra vez las monedas, pero en todas las ocasiones salen rebotadas como balones contra una pared.

Uno de ellos se apresura a coger las monedas del suelo y dice optimista al resto:

-¡Esto es cuestión de practicar!

Sonriente, le responde el abuelo:

- ¡Cómo con la Nintendo, pero sin apostar  vasos de vino!

 

 


Publicado por JCardel @ 0:22
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